Wednesday, March 22, 2006

LA PRINCESA MENDOSIANA

LA PRINCESA MENDOSIANA
(Jean Lorrain)

La princesa Mendosiana tenía seiscientos años; hacía seis siglos vivía bordada sobre el terciopelo con su cara y sus manos de seda pintada, estaba revestida de perlas con una gola tan recargada de adornos que se doblaba, y los arabescos de su túnica eran del oro más puro.
Un manto azul, flordelisado de anémonas, estaba abrochado a su pecho por regias pedrerías y orlaban el borde de su traje cuentas de zafiro.
Había figurado mucho tiempo en las procesiones y en las fiestas reales. Se le sacaba entonces izada en el asta de una bandera, y el brillo de sus joyas animaba al pueblo y a sus grandes damas. Eran los tiempos felices en que bajo el estremecimiento de las oriflamas deslumbrantes de las calles empavesadas se aclamaba a la princesa Mendosiana. Después se la guardaba ceremoniosamente en el tesoro de la catedral y se le mostraba a los extranjeros que pagaban por verla.
Era una maravilla esta princesa milagrosa. Había nacido del sueño y del trabajo obstinado de veinte religiosas que durante cincuenta años habían penado, haciendo con las madejas de seda y plata la deliciosa hierática figura.
Sus cabellos eran de seda amarilla; se habían incrustado en el sitio de sus pupilas dos turnamalinas del más bello azul y tenía una gavilla de lirios del más bello terciopelo blanco apoyados sobre el corazón.
Luego pasó la era de las procesiones, se abolieron los tronos, desaparecieron los reyes, avanzaba la civilización y la princesa de perlas y seda pintada permaneció confinada en la sombra y el silencio de la catedral.
Allí pasaba su vida en le claroscuro de una cripta, entre un montón de objetos extraños que gesticulaban en los ángulos: había viejas estatuas, copones junto con viejas estatuas, copones junto con custodias, viejos ornamentos de iglesias, copas aún rígidas y como tejidas de sol y que se extinguían lentamente en la noche con cálices en los cuales no se oficiaba ya.
Había también un viejo Cristo arrimado en un rincón y velado de telas de araña y nunca se abría la puerta de la capilla súbitamente; todas estas viejas cosas dormían allí enterradas, olvidadas, y una gran desesperación hirió en el pecho la princesa Mendosiana.
Y prestó atención a los consejos del ratón rojo, un insidioso ratoncillo, vivo como el relámpago y tenaz e impertinente, que hacía años la asediaba: Y ¿por qué obstinarse en permanecer cautiva, acorazada por estas perlas y estas bordaduras que te aprisionan? La tuya no es vida, tú no haz vivido nunca, ni el tiempo en que resplandecías bajo el cielo azul de las fiestas suntuosas, aclamada por la embriaguez de las multitudes, y ahora, ya ves, te han olvidado, estás muerta. Si quisieras, con mis agudos dientes desharía uno a uno los puntos de seda y de cordoncillo de oro que te tienen presa desde hace seiscientos años, inmóvil en el terciopelo espejeante que entre nosotros no tiene ya brillo. Esto quizá te haga daño, sobre todo cuando descosa cerca de tu corazón, pero empezaré por los anchos contornos, los de las manos y los del rostro, y podrás ya desperezarte y moverte, y verás qué hermoso es vivir y respirar. Bella como eres, con tu rostro de princesa de cuento y rica con los fabulosos tesoros que adornan tu vestido, te harás vestir por las grandes modistas, se te tomará por la hija de un banquero y te casarás por lo menos con un príncipe francés.
Tienes sobre ti caudales de pedrerías. Ven déjame liberarte y revolucionarás el mundo.
¡Si supieras qué hermoso es ser libre, respirar voluntariamente el viento y seguir su solo capricho! Estás acorazada por esos ópalos y esos zafiros como un caballero en su armadura y jamás has combatido. Conozco el camino que conduce a la felicidad. Sal fuera de tu estuche de bordaduras, daremos juntos la vuelta al mundo y te prometo un trono y el amor de un héroe. Y la princesa Mendosiana consintió: el ratoncillo rojo comenzó inmediatamente su obra asesina; sus dientes aserraban , cortaban, limaban en el terciopelo roído por los mitos: resonaban las perlas al caer una a una, y en las noches claras como en los bellos días, en la cripta alumbrada por un respiradero, el ratoncillo rojo cortaba, roía, trabajaba siempre.
Cuando atacó la famosa gola de nácares y perlas, la princesa Mendosiana tuvo la impresión de un frío agudo en el corazón.
Hacía varios días se sentía como temblorosa y más ligera y singularmente ágil en medio de todos aquellos puntos deshechos, ondulaba en la tela como animada de un soplo, y esperaba, arrobada, que el ratón concluyera su obra.
Al introducirse el diente del roedor en su pecho, la princesa de seda y lentejuelas desfallecía; la cascada blanda de las coposas sedas, de los galones y de ceniza sobre las losas de la oscura capilla; algunos cabujones rodaron como granos de trigo y el viejo terciopelo espejeante de la bandera se desgarró hacia abajo.
Así murió la princesa Mendosiana por haber escuchado los insidiosos consejos de un ratoncillo rojo.