El pequeño Alexandr cepillaba unas tablillas en la cocina. la cocina daba al patio; era primavera, las puertas no cerraban, junto al umbral crecía hierba, brillaba el agua derramada sobre la piedra. En el cajón de la basura solía hurgar una rata. En la cocinafreían patatas, finamente partidas. Alguien encendía un infiernillo. la vida del infiernillo empezaba pomposamente, con una antorcha que llegaba hasta el techo. Expiraba luego una tenue llama. En el agua hirviente saltaban unos huevos. Un inquilino cocía cangrejos. Agarraba al cangrejo con dos dedos por el centro. Eran cangrejos de un verdoso color de cañería. El grifo despedía de pronto dos o tres gotitas: se sonaba calladamente. Luego se oían arriba voces diversas de tuberías. Entonces caía inmediatamente la tarde. Tan sólo el vaso continuaba en el alfeízar de la ventana, recibiendo a través de los últimos rayos del sol. El grifo parloteaba. En torno al hornillo comenzaba el más diverso ajetreo y toda clase de crepitaciones.
Era crepúsculo espléndido. las vecinas comían pepitas de girasol, alguien cantaba, la amarilla lu de la habitación caía sobre la acera, se iluminaba la tienda de comestibles.
En la habitación contigua a la cocina yacía Ponomariov, muy enfermo. Estaba solo en el cuarto, ardía una vela, sobre la cabecera se encontraba un frasco de medicamento con su receta.
Cuando iban a verle, Ponomario decía a los conocidos:
- Podeis darme la enhorabuena: me estoy muriendo.
Al anochecer empezó a delirar. El frasco le miraba. la receta se extendía como una cola. El frasco era una duquesa que contraía matrimonio. El frasco se llamaba "ilustre onomástico".
El enfermo deliraba. Quería escribir un tratado, conversaba con la manta.
-Pero, ¿cómo no te da vergüenza?...-murmuraba.
La manta estaba sentada a su lado, se tendía a su lado, se iba, le traía noticias.
Eran pocas las cosas que rodeaban al enfermo: el medicamento, una cucharada, la luz, el papel de las paredes. Las demás cosas se habían ido. Al darse cuenta de que estaba gravemente enfermo y se moría, comprendió también cuán amplio y variado era el mundo de las cosas y qué pocas quedaban en su poder. De día en día mermaba la cantidad de cosas. Algo tan corriente como un billete de ferrocarrl se hizo para él irremediablemente lejano. Al principio, la cantidad de cosas disminuía en la periferia, lejos de él, pero luego la reducción se fue acercando con creciente rapidez hacia el centro, hacia el corazón: llegaba al patio, a la casa, al pasillo, a la habitación.
Al principio, la desaparición de las cosas no angustiaba al enfermo.
Desaparecieron los países, América, la posibilidad de ser guapo o rico, la familia (era soltero)...
La enfermedad no tenía nada que ver con la pérdida de esas cosas: se escapaban a medida que se hacía viejo; el verdadero dolor le embargó cuando vio con claridad que también empezaban a alejarse de él las cosas que giraban constantemente a su alrededor. Un buen día, por ejemplo, lo abandonaron en la calle, su oficina, la estafeta de correos, los caballos. A renglón seguido empezaron a escaparse vertiginosamente las cosas que tenía a su lado: el pasillo había huido ya de su poder y, en la propia habitación, ante sus ojos, desapareció el significado del abrigo, del pestillo de la puerta, de los zapatos. Sabía que la muerte venía a él destruyendo las cosas. De toda su inmensa y ociosa cantidad, la muerte sólo le había dejado unas cuantas, y eran las cosas que, de haber estado en su poder, no habría admitido él nunca a su lado. Recibió un disgusto. Recibió terribles visitas y miradas de los conocidos. Comprendió que carecía de fuerza para evitar la irrupción de esas cosas que siempre le habían parecido indeseables e innecesarias. Pero ahora eran únicas e ineludibles. Había perdido el derecho a elegir las cosas.
El pequeño Alexandr hacía un modelo de aparato volador.
El chico era mucho más complicado y más serio de lo que creían los demás. Se cortaba los dedos, sangraba, llenaba el suelo de virutas, lo manchaba todo de cola, reclamaba seda, lloraba, recibía cachetes. Los adultos consideraban que tenía toda la razón. Y, sin embargo, el chico se comportaba como un mayor; es más, se comportaba como sólo pueden hacerlo algunos adultos: en plena concordancia con la ciencia. El modelo se atenía a un diseño, a unos cálculos: el chico conocía las leyes. Hubiera podido contestar a los ataques de los adultos explicando las leyes, mostrando experimentos; pero se callaba porque no se creía con derecho a parecer más serio que los adultos.
En torno al chico yacían tiras de goma, alambre, tablillas, seda, un vaporoso tejido, se propagaba el olor de la cola. El cielo resplandecía. Los insectos se paseaban por la piedra. En ésta había una valva petrificada.
Al chico que trabajaba se acercaba otro, muy pequeñito, casi desnudo, con unos pantaloncitos azules. Tocaba las cosas y le estorbaba. Alexandr le echaba de su lado. El niño desnudo, que parecía de goma, andaba por la casa y por el pasillo, donde había una bicicleta. (La bicibleta estaba apoyada con un pedal en la pared. El pedal había arañado el papel que tapizaba la pared, y en ese arañazo parecía sostenerse la bicicleta.)
El niño pequeño entraba en el cuerto de Ponomariov. Su cabeza esomaba sobre el bordo dela cama. El enfermo tenía las sienes pálidas como las de un ciego. El niño se acercaba cuanto podía a la cabeza y observaba. Pensaba que el mundo siempre había sido y era así, con un hombre barbudo acostado en la cama de aquel cuarto. El niño apenas empezaba a tener conciencia de las cosas, y no sabía aún distinguir la diferenciaen el tiempo de su existencia.
Dio media vuelta y empezó a andar por el cuarto. Veía las tarimas, el polvo bajo el plinto, las grietas del revoco. A su alrededor se formaban y distribuían líneas, palpitaban cuerpos. De pronto surgía un foco de luz, el niño corría hacia él, pero, en cuanto daba un paso, el cambio de distancia destruía el foco y el niño se ponía a mirar a su alrededor, arriba y abajo, tras el horno, buscando, y abría desconcertado los brazos al no dar con el foco. A cada instante nacía una nueva cosa. Era admirable la araña. Pero la araña escapó en cuanto al niño se le ocurrió tocarla con la mano.
Las cosas que se iban sólo dejaban al agonizante sus nombres.
En el mundo había una manzana. Resplandecía entre el follaje, giraba levemente, captaba y arrastraba en su movimiento trozos del día, el intenso azul del huerto, los travesaños de la ventana. La ley de gravedad la esperaba bajo el árbol, en la negra tierra, en las glebas, por entre las que corrían hormigas de abalorio. En el huerto se hallaba Newton. La manzana encerraba multitud de causas que podían suscitar aún mayor cantidad de efectos. Pero ninguna de esas causas estaba destinada a Ponomariov. La manzana se había convertido para él en una abstracción. Y era desesperante que escapara la masa de las cosas, quedándole solo la abstracción.
-Yo pensaba que no existía el mundo exterior - razonaba -, que era mi ojo y mi oído los que gobernaban las cosas, que el mundo dejaría de existir en cuanto dejase de existir yo. Más . . . veo que todo se me escapa estando aún vivo. ¡Porque yo aún existo! Entonces, ¿por qué han desparecido las cosas? Yo creía que mi cerebro les había dado forma, peso y color, pero resulta que han huido de mí y sólo rebullen en mi cerebros sus nombres inútiles, que han perdido su dueño. ¿Qué falta me hacen a mí esos nombres?
Ponomariov miraba con angustia al niño, que iba de un sitio para otro. Las cosas avanzaban a su encuentro. Él les sonreía sin conocer ni un solo nombre. Y cuando se marchaba, le seguía una pomposa cola de objetos.
- Oye - llamó el enfermo al niño -, oye . . .Cuando yo me muera, no quedará nada: ni el patio, ni los árboles, ni el papá ni la mamá. Yo me lo llevaré todo.
En la cocina entró una rata.
Ponomariov aguzó el oído: la rata iba de una parte a otra, trasteaba los platos, abria el grifo, removía el cubo.
"¡Es una fregona!" - pensó Ponomariov.
En ese momento se le ocurrió la inquietante idea de que quizá tuviera la rata un nombre propio, desconocido por las personas. Empezó a imaginar ese nombre. Deliraba. A medida que lo iba concibiendo, con más intensidad le embargaba el miedo. Aun comprendiendo que debía detenerse a toda costa y no pensar más en el nombre e la rata, continuaba, a sabiendas de que fallecería en el momento en que descubriese ese nombre único, sin sentido y terrible.
-¡Lliompa! - gritó de súbito con espantosa voz.
La casa dormía. Era muy temprano; acababan de dar las cinco de la madrugada. El niño Alexandr no dormía. La puerta de la cocina que daba al patio estaba abierta. El sol aún lucía muy bajo.
El agonizante andaba por la cocina, muy encorvado y estirando los brazos con las manos colgando. Quería llevarse las cosas.
El niño Alexandr corría por el patio. El aparato volaba delante de él. Éste fué el último objeto que vio Ponomariov.
No se lo llevó. El aparato huyó volando.
Por el día apareció en la cocina un ataúd azul con adornos amarillos. El niño de goma observaba desde el pasillo con los brazos cruzados a la espalda. Hubo que dar muchas vueltas al ataús para introducirlo por la puerta. Rozaron un aparador y una cacerola, empezó a caer yeso de la pared. El niño Alexandr se subió al hornillo y ayudó, sosteniendo la caja por debajo. Cuando el féretro penetró, por fin, en el pasillo, volviéndose de pronto negro, el niño de goma corrió hacia adelante arrastrando las sandalias.
-¡Abuelo! ¡abuelo! - gritó -.
Te han traído el ataúd.
Yuri Oliosha.







